“La inversión de la iglesia local en misiones” – Pr. Sergio Belart

Hay al menos dos elementos fundamentales que son claves para triunfar en nuestra misión. Por un lado, la oración que sustentará a las personas en el campo misionero. Cuando leemos 2 Tesalonicenses 3:1-5, el apóstol Pablo nos exhorta de esta manera:

“Finalmente, amados hermanos, les pedimos que oren por nosotros. Oren para que el mensaje del Señor se difunda rápidamente y sea honrado en todo lugar a donde llegue, así como cuando les llegó a ustedes. Oren, también, para que seamos rescatados de gente perversa y mala, porque no todos son creyentes. Pero el Señor es fiel; Él los fortalecerá y los protegerá del maligno. Además, confiamos en el Señor que ustedes hacen y seguirán haciendo lo que les ordenamos, Que el Señor les guíe el corazón a un entendimiento total y a una expresión plena del amor de Dios, y a la perseverancia con paciencia que proviene de Cristo.”

Aquí vemos cómo Pablo pide las oraciones de sus hermanos, para ser librado del mal. La oración es vital para salir al campo misionero. Mucha gente no cree en el respaldo en oración de la iglesia local, y éste es un concepto que conduce al fracaso. Existe un mundo espiritual que gobierna las diversas regiones. Sin caer en el misticismo, debemos aprender a detectar las atmósferas espirituales. Por eso, moverse en un ámbito de cobertura es esencial para obtener el éxito en la misión.

Las ofrendas constituyen otro de los elementos esenciales para la obra misionera. Es clave tener en claro qué significa el dinero. Muchas interpretaciones erróneas en cuanto al “dar” han surgido gracias al abuso de este concepto. De esta manera, hemos llegado a concebir la pobreza como una virtud, y al enemigo le conviene que la iglesia sea pobre porque, sin recursos, es imposible extender el Reino de Dios. Sin dinero, jamás podremos cumplir los sueños que Dios ha puesto en nuestro corazón. Por eso el dinero resulta ser, en este sentido, tan espiritual como la predicación. Cuando este principio se nos es revelado, el “dar” deja de ser una carga. Se necesita una iglesia que aporte recursos. Necesitamos personas que se levanten para apoyar a nivel económico. Invertir en las misiones es poner nuestro corazón allí.  Recordemos lo que dice Lucas 12:33-34:

“Vendan sus posesiones y den a los que pasan necesidad. ¡Eso almacenará tesoros para ustedes en el cielo! Y las bolsas celestiales nunca se ponen viejas ni se agujerean. El tesoro de ustedes estará seguro; ningún ladrón podrá robarlo y ninguna polilla, destruirlo. Donde esté su tesoro, allí estará también los deseos de su corazón.”

Cuando invertimos en misiones, ponemos nuestros recursos a trabajar para cambiar vidas. Si invertimos dinero en una jubilación, obtendremos el beneficio cuando nos retiremos. Quienes invertimos en la obra de Dios, recibiremos un “retiro en el cielo”, y una bendición aquí en la tierra. ¿Cómo es posible que haya gente que se prepara para lo terrenal, y no para lo celestial? Debemos erradicar la mentalidad de pobreza.

“El que siembra escasamente, escasamente segará. El que siembra generosamente, generosamente segará.”

Entre más pronto comencemos a dar, mejor. Invertir en la obra es cambiar vidas de niños, de jóvenes, de familias enteras que no conocían a Cristo. No debemos detenernos. Si damos, Dios nos dará nuestra recompensa.

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¡Hasta lo último de la Tierra!